- El arquitecto ofrecerá este jueves 8 de octubre la conferencia Fernando Higueras’ Lonely Hearts Club Band en el Museo Patio Herreriano, dentro del ciclo organizado por el COAVA con motivo del Día Mundial de la Arquitectura
Manuel Ocaña entiende la arquitectura desde la experimentación, la técnica y una mirada que no se limita a los márgenes de la propia disciplina. Arquitecto, fotógrafo, carpintero y cerrajero, su trayectoria profesional se ha movido entre la práctica, la docencia y la investigación, con proyectos como el Centro Geriátrico Santa Rita o Casa Mediterráneo y una presencia destacada en la Bienal de Arquitectura de Venecia. Profesor asociado de Proyectos Arquitectónicos en la ETSAM entre 2007 y 2019 y autor de numerosos textos y proyectos publicados en medios internacionales, en 2023 comisarió junto a Eduardo Castillo-Vinuesa FOODSCAPES, la propuesta del Pabellón de España en Venecia. Este jueves 8 de octubre, Manuel Ocaña participará en el ciclo de conferencias organizado por el COAVA con motivo del Día Mundial de la Arquitectura con la charla Fernando Higueras’ Lonely Hearts Club Band, en el Museo Patio Herreriano.
- A lo largo de su trayectoria ha trabajado como arquitecto, fotógrafo, carpintero, cerrajero e incluso como road manager de un grupo de música. ¿Qué le han aportado estas experiencias a su manera de entender y hacer arquitectura?
Que hay pensamiento técnico igual que hay pensamiento conceptual. Llevo años enseñándolo con ese nombre, producción de pensamiento técnico, y lo aprendí en esos oficios antes que en ningún libro. El carpintero y el cerrajero piensan con las manos: una unión que no cierra no se arregla con un discurso. El fotógrafo piensa con la mirada: decide qué entra en el encuadre y qué se queda fuera, que es lo primero que hace un proyecto. Y el road manager piensa con el reloj: a la hora fijada tiene que sonar, haya pasado lo que haya pasado. Un concierto no se aplaza. De todos aprendí lo mismo: el experto aplica soluciones ya hechas; el técnico las encuentra. Y lo que lleva a encontrarlas es el deseo de precisión. No es la técnica la que te lleva a la precisión; es el deseo de precisión el que te lleva a la técnica. Por eso hoy, además de proyectar, construyo. La obra es el sitio donde la arquitectura deja de ser una opinión. La arquitectura se hace con las tres cosas: las manos, la mirada y el reloj.
- Su arquitectura se ha caracterizado por la experimentación y por plantear soluciones que se alejan de lo convencional. ¿Qué importancia concede al riesgo y a la libertad creativa en una profesión que también debe responder a numerosas exigencias técnicas y funcionales?
Las exigencias técnicas no limitan la libertad: son sus condiciones, y las condiciones encauzan el ingenio. Hasta un lienzo en blanco las tiene: un tamaño, una trama, una pintura que tarda en secar. Lo arriesgado no es experimentar, sino creer que se parte de cero. Quien cree partir de cero acaba repitiendo, sin saberlo, lo que otros ya resolvieron, y casi siempre peor. Para mí, experimentar es invertir el orden del proyecto. En lugar de aplicar una técnica conocida y ver qué sale, se parte del resultado que se desea y se busca la técnica que lo hace posible. En física se llama problema inverso. Lo conté en ¡Oh, Susana!: una obra dirigida por WhatsApp, con una sola persona que nunca había construido. Sola no podía colocar un dintel, así que las ventanas fueron redondas. La limitación no recortó el proyecto: lo dibujó. La libertad no está en esquivar las exigencias, sino en leerlas mejor que nadie. Cuando una condición se entiende del todo, deja de ser un obstáculo y se convierte en la idea.
- En su propuesta FOODSCAPES para el Pabellón de España de la Bienal de Arquitectura de Venecia exploró las relaciones entre la arquitectura y los sistemas alimentarios. ¿Por qué considera importante que los arquitectos amplíen su mirada hacia cuestiones que aparentemente quedan fuera de los límites tradicionales de la profesión?
Porque los límites de la profesión los marca el discurso, no el territorio. La alimentación construye más paisaje que todas nuestras ciudades juntas: invernaderos, regadíos, granjas, naves logísticas, cámaras frigoríficas. Es la mayor obra que hacemos sobre el planeta, y casi nunca la firma un arquitecto. Si algo transforma el suelo, es arquitectura, aunque nadie lo haya dibujado. En FOODSCAPES, que comisariamos Eduardo Castillo-Vinuesa y yo para el Pabellón de España en 2023, partimos de una idea sencilla: al comer, digerimos territorios. Detrás de cada plato hay un sistema que ocupa, transforma y consume paisaje. Un invernadero de Almería controla la luz, el agua y el calor con una precisión que ya quisieran muchos edificios, y merece la misma atención que un museo. Ampliar la mirada no es salirse de la arquitectura. Es devolverle lo que siempre fue suyo: el territorio, la producción, el clima. La disciplina se encogió cuando se quedó con la imagen y soltó la técnica. Mirar hacia la comida es una manera de recuperarla y de pensar cómo alimentar al mundo sin devorar el planeta.
- Fernando Higueras desarrolló una trayectoria marcada por una visión muy personal de la arquitectura y por su relación con distintas disciplinas artísticas. ¿Qué aspectos de su figura y de su manera de entender la creación le resultan más interesantes y qué vigencia cree que tiene hoy su legado?
Que nunca separó pensar de hacer. Pintaba, construía y tocaba la guitarra con la misma herramienta: la técnica. Los griegos tenían una sola palabra para el arte y la técnica, techne, e Higueras era eso: una sola techne con varios instrumentos. Por eso no fue un excéntrico aislado. Pertenece a una banda que atraviesa los siglos: los constructores góticos, Sinan, Borromini, Gaudí, Candela, Nervi. No porque se parezcan, sino porque se hicieron las mismas preguntas y las resolvieron con técnica. Su problema fue nacer tarde. Su banda tocó en tiempos de técnica; a él le tocaron tiempos de relato, en una época y un país que no le dejaron tocar todo lo que tocó su banda. A Santa María de Caná se la despachó como pastiche, cuando es ladrillo trabajando de arriba abajo. Su vigencia está ahí, porque la técnica es lo universal; lo que caduca es la imagen y el discurso. El Colegio Estudio se sigue llenando de niños sesenta años después. Quien nunca estuvo de moda no puede pasar de moda.

